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El viento cortante

11 marzo 2009

Buenas a todos. Aunque siga uno con problemas, de vez en cuando salela inspiración y nacen historias (como la que voy a poner) de cosas tan nimias como salir un momento de casa porque tienes que hacer algo en la calle. La verdad es que no me termina de convencer a mí, quien haya leído bastante en lo que se refiere a relato corto me entenderá. Pero bueno, al menos quiero demostrar lo que se consigue sacar con una cosa tan pequeña. Ya hablaré sobre sueños, porque hay para rato, y para todos los gustos.

Uno se cree muy valiente en la vida. Especialmente si se es hombre. No hay miedo a salir a la calle por la noche ni a que te toquen un pelo. No hasta que ocurre algo. Algo que te cambia la vida entera: tu forma de pensar, tus temores, y, sobre todo, tu comprensión hacia aquellos que temen.

No hay ni siquiera que mencionar que la persona a la que esto sucedió fue a mí. Mi nombre es Anders Schmier, y hace ya 5 años de esto. Por aquel entonces yo cursaba primer curso de Filología Inglesa en la Universidad de Granada, después de que a mi padre le trasladaran a esta ciudad por cuestiones de trabajo. Había pasado el día fuera, por aquí y allá, entre amigos y alguna que otra copa. Ya anocheciendo, cogí el coche para volver a casa, en una retirada urbanización al pie de la montaña. Mientras me iba acercando a la urbanización y la luna proyectaba una mínima luz que, junto a la de los faros del Volkswagen Golf del 95, era la única iluminación de la fría y oscura noche. Era extraño, durante el día el sol había pegado con ganas, y el calor había sido notable. Y sin embargo ahora hacía un frío que pelaba.

Llegué a casa por fin. Estaba completamente a oscuras, y no era de extrañar: mis padres se habían ido de vacaciones a Mallorca por Semana Santa, y mi hermana estaría haciendo el pavo con las pijas tontitas de sus amigas por alguna discoteca de la ciudad. Yo me había quedado al cargo de la casa por cuidar de ella y porque tenía que prepararme los exámenes de Mayo. Así que tenía un sitio enorme para mí, y la mayoría del tiempo permanecía solo. Ni falta que me hacía tanto espacio: mi tiempo siempre lo pasaba en mi pequeño cuarto, donde tenía el ordenador y la videoconsola para entretenerme, una ingente cantidad de libros, un disco duro repleto de música y los apuntes para estudiar. Aun así no estaba a mi gusto: yo siempre había querido poner mi habitación a mi libre albedrío, y mis padres se mostraban muy tajantes. “Si yo pago, yo decido” decía mi padre. Y así se quedaba. Aunque tampoco era muy normal decorar una habitación con posters de Venom, Burzum y toda sarta de grupos y cosas que me gustaban que, a buen seguro, cualquier visitante a nuestro hogar echaría a correr sólo con ver el interior de aquellas cuatro paredes.

Me serví la cena: un sándwich con bratwurst, queso en lonchas, pavo y ketchup al curry. Caliente estaba delicioso, y me encantaba el crujir de la salchicha, junto a la amalgama de sabores del ketchup, el queso derretido y el pan. Años más tarde acabé odiando en concreto ese tipo de bocadillo.

Terminé de comer y me fui a mi cuarto. Al abrir la puerta, una oleada de aire frío y cortante me golpeó en la cara. Idiota de mí, me había dejado la ventana abierta esa mañana y el cuarto estaba frío cual cámara frigorífica. Pasado un rato se hizo un poco más habitable. Tras mirar el correo y un par de cosas más, puse la PS2 y estuve jugando al Tekken 5. Así hasta que ese olor penetró mis fosas nasales y las rasgó como si de una sierra mecánica se tratase.

Inexplicablemente, la basura olía un pestazo fuera de lo común. Sólo había pasado media hora desde que acabé la cena y me fui al cuarto, pero algo no iba bien. Hasta un pedo de una vaca olía mejor que la bolsa. Con la ropa de calle sin quitar cogí la bolsa y salí a la calle, dispuesto a tirarla. De quitar el olor ya me ocuparía luego.

El contenedor más cercano estaba a unos 100 metros. Casi nada. En la urbanización teníamos ese defecto: hecho al modo español, las cosas no agradaban a nadie, y no se ponía solución a nada. De modo que tuve que andar los 100 metros y tirar la bolsa de marras.

A medio camino tenía la sensación de que alguien estaba detrás de mí. Giré un poco la vista, pero la escasa luz de una de las tres farolas que había en mi calle me impidió distinguirlo con claridad. Me intrigaba saber qué era, si hombre o mujer. Y la fuerza con la que soplaba el viento en dirección contraria a mí no ayudaba mucho a que pudiera verlo sin que tuviera que entrecerrar los ojos.

Cuando paró un poco el viento y aquella persona se acercó, muy lentamente, me extrañó en exceso. Estaba ya un poco cerca para distinguir sus rasgos, pero aun así la distancia entre él y yo era considerable. Era un hombre, le calculé de unos treinta y tantos años, y vestido de una forma muy extraña: una chaqueta de cuero negra que le llegaba hasta las rodillas, unas botas con punta de metal, un pantalón negro con multitud de cadenas atadas y entrelazadas, y una camisa rasgada. Parecía de moda. Pero lo que más me llamó la atención fue su rostro: un pelo largo y con aspecto de grasiento le caía por la frente y tapaba una parte de su cara. Aun así no era impedimento para observar que sus ojos eran rojos(supuse que eran lentillas, porque era imposible que fuera su color natural), su nariz muy aguileña y tenía un mentón muy prominente y marcado. Me recordó a una cara un tanto caballuna, aparte del tamaño: el tipo era realmente alto. Medía un metro y noventa y cinco centímetros, aproximadamente.

Lo más curioso de todo era que tenía una expresión de completa tranquilidad, casi como si fuera la cosa más normal del mundo ir andando por medio de la calle, en una noche donde los árboles se bamboleaban por culpa del viento, y en un ambiente oscuro, que invitaba a todo menos a estar allí.

Tiré la bolsa al contenedor, y un par de gatos chillaron y salieron zumbando de allí. Me di la vuelta para volverme…y me lo encontré de frente.

“No es posible”, pensé. “¿Cómo leches ha llegado hasta aquí en tan poco tiempo, si la distancia que había entre nosotros era bastante grande?”. Era algo que no me cabía en la cabeza. El hombre estaba a unos cinco pasos de mí. Justo cuando yo me iba, abrió la boca y dijo:

Bonita noche hace aquí, señorito.

El tono con que dijo aquello me dejó de piedra. Su voz era rasposa, carente de emoción, y poco sonora. La sensación de siniestralidad que me dio empezó a sembrar serias dudas sobre la legalidad de aquel hombre.

¿Y quién es usted?- pregunté yo, medio tartamudeando.- Es la primera vez que le veo por aquí.

Bueno, digamos que no suelo venir mucho- respondió el en el mismo tono de voz.- Sólo en noches como ésta. Quizá piense usted que es una mala noche. Un fuerte viento devora las hojas de los árboles en plena primavera, en un fantasmagórico y oscuro ambiente, donde las únicas luces visibles hacen danzar a las sombras y les dan formas imposibles. Pues bien, a mí me encanta.

Vaya – respondí yo, sin saber muy bien qué decir. ¿A qué venía aquél cuasi monólogo? Desde luego yo no le había pedido que me describiese la noche, pero él sabía perfectamente en lo que estaba pensando. “Igual podría haber pensado otra persona en esta noche” me dije para mí mismo mientras pensaba.

Sí, es algo curioso, pero me gusta. ¿Sabe? Hay una cosa que odio: la luz del día. De día todos salen de su morada para las actividades cotidianas. Desde los futuros genios de la ciencia a la bazofia más inmunda y estúpida del mundo: todos requieren de la misma luz para vivir. Yo en cambio trabajo en casa de día y salgo por la noche. Al igual que me gusta estar solo. A usted también, ¿verdad? Le gusta cuando su familia se va para así poder campar a sus anchas, ¿no es cierto?

¿Cómo sabe usted eso?- pregunté yo, temblando, no sólo por el frío, sino además porque muy pocos sabían que me gustaba estar solo cuanto más mejor. Y dudo mucho que, de haberle preguntado a alguno s de mis amigos íntimos, alguno me hubiera dicho “sí, ayer vino mi amigo el ojos-rojos-con-pintas-extrañas-que-te-adivina-los-pensamientos, y le dije que te gustaba estar solo para que no te dieran por el culo”. Yo me estaba poniendo tenso. Y él no tenía ni el más mínimo movimiento de músculos en la cara. De hecho, no había parpadeado ni una vez.

En realidad, yo sé mucho de ti- contestó, cambiando el tono de voz. Pasó de un tono inexpresivo a uno como de…risa. Fue en ese justo instante cuando los perros del vecino suizo, un rottweiler y un pastor alemán, empezaron a ladrar como locos, golpeando la cancela en pos de abrirla.- De hecho-prosiguió- creo que lo sé todo sobre ti. Y sobre tu familia. ¡Ah, recuerdo muy bien aquello! Cierto día de verano, once años atrás. También paseaba yo por estas calles. Las luces de tu casa estaban encendidas. Y tus padres salían ambos de allí: ella con un bulto en los brazos, y tu padre con una enorme y pesada bolsa. Ambos se dirigieron a este mismo contenedor y tiraron las dos cosas juntas. No puedo decir exactamente lo que era pero…parecía una persona. Ellos no me pudieron ver. Y horas después, unos gritos de niña salían de la casa a una hora alta de la madrugada: tu hermana chillaba como una loca mientras tu progenitor la estaba violando. ¡Ah, qué bien me acuerdo! Tiempo después le seguí los pasos. Era un pederasta. Violaba niñas. A ti no te tocó al ser su preferido, pero ahora que estás crecidito y él también…creo que tu madre no le da lo que quiere. Se ha vuelto demasiado ancha, y él necesita sentir. Necesita sentir sus diecinueve centímetros de carne dura y rígida por la sangre en un agujero húmedo, estrecho y calentito. El problema es que ya no le interesa meterla en un coño lleno de fluidos. Ahora le ponen mucho los chicos…

Basta- dije yo, con una mezcla entre enfadado y cagado de miedo.- No sé hasta dónde pretendes llegar, pero deja de decir barbaridades sobre mi familia. ¡Me parece muy bien que sepas que no me gustan estos días y que me gusta estar solo, pero ya te estás pasando! ¡No me conoces una mierda! ¡De mí no sabes nada! ¡Y a mi familia tampoco! ¡Déjame en paz!

Hice ademán de correr, pero se puso ante mí. La rabia que tenía acumulada, además del miedo, me hicieron agarrarle de la chaqueta

¡Ven conmigo!- gritaba en un tono demencial- ¡Yo te daré lo que quieres! ¡Tú darás en vez de recibir! Si me dices que no, ¡yo te daré entonces!

¡Por supuesto que te voy a dar, hijo de la gran puta!- grité mientras lo arrojaba al contenedor.

No sé cómo fui capaz, pero aquél hombre cayó de lleno en el contenedor. Debió clavarse algo muy afilado, porque el alarido que dio aún lo tengo grabado en la memoria. Un grito nítido, claro, y con mezcla tanto de dolor como de ira. Demencial. No me paré a mirar y corrí. Corrí hasta la puerta de mi casa, abrí como pude y bajé las escaleras rápido hasta entrar por la puerta principal. De tan rápido que iba me tropecé y caí por las mismas hasta el suelo. Grité, pero de una forma tandébil que apenas me escuché yo. Intenté levantarme, pero difícilmente pude. Tras varios intentos, conseguí hacerlo.

Entré en casa, encendí todas las luces que pude y cada poco tiempo escudriñaba el más mínimo rincón. El sonido más leve me causaba pánico, y estuve casi toda la noche en vela, por lo que acababa de suceder y porque me dolía el cuerpo horrores. Trataba de pensar en lo sucedido: ¿habría sido verdad lo que me había dicho el hombre? ¿Realmente mi padre violó a mi hermana y salió con una bolsa que parecía un cadáver hace once años mientras yo dormía? ¿Quién o QUÉ era aquella persona? No quería pensar en ello, quería olvidarlo todo, pero no podía.

A las seis y media de la mañana, al empezar a salir el sol, apagué las luces. Si tanto odiaba la luz del sol, que se jodiera con ella. Al volver como pude a mi cuarto, un sueño enorme empezó a picarme progresivamente y caí dormido en mi cama.

¡Anders! ¡Tío vago! ¿Quieres despertar de una maldita vez?- fue lo primero que escuché decir al despertarme- ¡Por el amor de Tom Kaulitz y los Jonas Brothers, ¿sabes lo que me ha costado que despiertes?!

No entiendo- dije con voz pastosa.- ¿Qué hora es?

¡Son las cuatro de la tarde, imbécil! Y mira cómo has guarreado la cama con la ropa de calle…¡pues lo vas a limpiar tú, cerdo!

Deja de insultarme, cabeza cuadrada. Lárgate a hacer tus cosas de pija, que ya me encargo yo de esto. ¿Ligaste anoche con alguno?

¡Qué va, si están todos más salidos que el pico de una plancha! Los críos…ojalá hubiera alguno así como tú de tu edad, pero distinto a ti…

No me jodas…- dije con cara de sorpresa.- Venga, vete de aquí antes de que te patee ese par de amortiguadores que tienes por culo.

Se marchó de la habitación. Al instante me acordé de lo pasado anoche. Pero, ¿realmente había ocurrido aquello? Al levantarme de la cama me sentía como nuevo, como si me hubiera tirado ayer todo el día tranquilo en mi casa sin hacer absolutamente nada. No lo sabía, pero desde luego yo no estaba convencido de que hubiera sido sólo un sueño…

Fui a la cocina para comer algo. Me dio por poner la televisión para no sentir que estaba allí solo, pues mi hermana seguramente estaría en su habitación, llamando a sus amigas y contándoles nosequé chismorreos de que si este es tal o si el otro se lió con la otra. Ya la pondría yo a estudiar. De momento el hambre era lo primero. Mientras calentaba una lasaña en el horno, me quedé mirando la caja tonta. Un ninja con traje morado, un tal Hattori, ocupándose de que su amigo Kenichi tuviera suerte en su vida diaria. No es que me chiflasen los dibujos japoneses, pero sí que me parecían infinitamente mejores que esas mierdas del Disney Channel. No sé por qué, pero desde entonces esos dibujos me gustan, y siempre que puedo los pongo. Al menos están entretenidos.

Después de comer me quedé con la intriga de si era verdad lo de anoche. Fui a la habitación de mi hermana. La pillé en esa red social, el Tuenti, hablando con sus compañeras de clase.

¡Te cogí!- dije con un tono de broma.- Una cosa, María.

¿Qué quieres? Seguro que ya estás pelado de pasta y me vas a pedir otra vez dinero. ¿Es eso? ¡Pues no te voy a dar nada!

No es eso. Cuando llegaste esta mañana aquí, ¿no notaste algo raro?

Que yo sepa no. Ahora, si te refieres a lo de los perros del vecino…es extraño.

¿Qué les ha pasado?

Han muerto los dos. De paro cardíaco. Y el contenedor se lo han encontrado esta mañana volcado y con toda la basura despanzurrada por el suelo. Habrá sido el viento.

Sí, supongo- contesté yo en un tono un tanto suspicaz.- Antes de irme, te quería preguntar otra cosa. Papá siempre ha sido muy cariñoso contigo. Pero, ¿alguna vez te ha obligado a hacer guarradas con él?

¿Qué me estás contando?- me contestó ella, muy exaltada.- ¿Qué te pasó anoche para que me digas esas cosas? Los niños flirtean conmigo, a los maduritos les doy puerta, ¿sabes?

Nada, María. Simplemente tuve una pesadilla bastante horrible. Me voy a hacer lo mío.

Y ahí quedó todo. Hoy en día tengo 23 años, vivo en un pequeño barrio de Kyoto, Japón, dando clase de inglés en un instituto y clases particulares de alemán y un poco de español por mi cuenta propia. Desde que vivo aquí le he perdido el miedo a ese tipo de sucesos, pero siempre me muestro reticente a salir por la noche en sitios con poca gente, y sobre todo a ir solo. Ignoro si lo que me pasó fue real o no, pero a mí desde luego me pareció que no era un simple sueño.

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One comment

  1. “Por el amor de los Jonas Brothers!” XDD
    No está mal el relato. El hombre ese me recuerdo a los exhibicionistas de gabardina negra, no sé porqué 🙂



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