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Tan necesario como el comer

26 agosto 2010

Lo que cambian las cosas después de un descanso, aunque no llegue a la semana. He estado unos días en Zaragoza, coincidiendo que uno de mis hermanos trabaja allí y libraba unos días. Aparte del viaje en autobús (perfecto para dejarme el culo como una tabula rasa, y no porque lo tuviera impoluto), y a pesar de no haber tenido nada que hacer durante el verano, creo que era justo lo que me estaba haciendo falta. El primero en notarlo he sido yo.

Si me habéis leído estos últimos días, cada vez estaba agriándome más a la hora de escribir. No es algo que me guste, porque llega un momento en el que las cosas se hacen ilegibles. Esas cosas se notan cuando uno está muy cabreado. Y cuando uno está así, de la cordura a la locura hay un paso. No voy a hablar de mis problemas ni de mi vida familiar porque eso es interés mío (al menos de momento), pero como una pequeña pista, entre unas cosas y otras se me estaban hinchando los cojones. Unido además a que en vacaciones se pega la espantá y se quedan las ciudades barridas (y se hace imposible quedar con alguien), son tensiones que se van acumulando hasta hacer vaya usted a saber qué. Eso de que “la mente ociosa es el taller del diablo” no es mentira. Puede convertir a la persona más inocente y dócil en un serial killer. Es muy peligroso.

Pero eso se acabó. No sé si ha sido el cierzo maño, la Virgen del Pilar, Violadores del Verso, el Muffin Club o La Romareda. Sea lo que sea, vengo como si fuera otro. Mucho más animado, con ganas de hacer cosas y desde luego sin la malafollá que llevaba teniendo estos últimos días. He tenido buenos ratos comprando libros y música (y me quedé con ganas de una camiseta de Violadores del Verso, pero esa vendrá a casa pronto), tomando una caña en el Kaboul con un señor que fue fotógrafo de Héroes del Silencio (y muy entretenido de escuchar por sus andanzas en sus viajes a Oriente Medio) o simplemente disfrutando de estar en la ciudad sin la presión de “tengo que volver ya que me están esperando y me la van a montar”. Amén de poder hablar con la gente, compartir cosas, hacer lo que hacemos. A fin de cuentas es algo tan necesario como el comer. Y ahora lo tengo más claro que nunca. Gracias a esto he tenido la oportunidad de conocerme un poco más, poder plasmar ideas en algún sitio sin miedo a que fulano o mengano empiecen a hacer chismorreos y de calmarme un poco. Sea como sea, gracias.

9 meses de invierno y 3 de infierno, pero ese infierno me ha venido de perlas.

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