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Junko Furuta y cuatro hijos de la gran puta

6 noviembre 2010

La ignorancia es la felicidad. O puede no serlo. Pero en este caso sí que lo sería. Y creedme, si os vais a poner a leer esto, más vale que echéis estómago. Eso y una caja de clinex.

A mí no me pone burro ir viendo crónica negra internacional. Ya bastante tenemos con lo que pasa en la puñetera piel de toro, como para encima ir ocupándose de otros casos. Y éste en concreto me lo encontré de casualidad, pero puedo garantizar que esto no es una casualidad. Deso estoy segurísimo. Primero, porque de no serlo no escribiría estas línas. Y segundo, porque cualquier persona que tenga un poco de corazón y de sentimientos sentirá lo mismo que sentí yo y que seguramente ha sentido mucha gente al saber del caso de Junko Furuta. No voy a escribir nada nuevo sobre el caso porque todo está dicho, ni voy a poner imágenes escabrosas. Si queréis, las buscáis. Y si no, a imaginar tocan.

Junko (1972-1989) era una estudiante japonesa de Bachillerato de la prefectura de Saitama, Japón. De la información que he podido recabar, no era mala estudiante, no tomaba drogas y no tenía novio, además de ser guapa. Una chica normal.

Junko Furuta

Probablemente los motivos de por qué la secuestraron son meras especulaciones sacadas de prensa amarilla. No lo sé y no me voy a meter en eso. El caso es que entre cuatro alumnos de su entorno (Hiroshi Miyano, 18 años; Jô Ogura, 17 años;  Minato Nobuharu, 16 años; y Yasushi Watanabe, 17 años), la secuestraron y la llevaron a la casa de Nobuharu, en Adachi-ku, Tokio. Una vez allí la obligaron a llamar a su casa y decir que estaba con “un amigo”, para evitar que alguien pusiera a la policía al tanto del caso. Después de eso, le dieron una paliza y la violaron todos.

Al principio la extorsionaron para que se hiciera pasar por la novia de uno de sus compañeros, pero cuando vieron que los padres no hacían nada directamente abandonaron la excusa. Entre otras cosas porque Miyano estaba metido en la baja yakuza (de toda la mierda de la mafia japonesa, lo más mierda) y presumía de tener gente dispuesta a matar si no se hacía lo que él quería. Junko le pidió ayuda a los padres en muy diversas ocasiones, y ellos, por temor a Hiroshi, nunca se la ofrecieron.

Lo que viene ahora es para que hierva la sangre y surja el deseo de sacarle la piel a tiras a cada uno de los que perpetraron este crimen. Aunque morir rápido hubiera sido lo mejor que le hubiera podido pasar a esta niña. Sufrió torturas a cuál más inimaginable y dolorosa. Desde ser violada en los 44 días de secuestro más de 500 veces por 100 personas distintas, hasta meterle varias veces en la vagina una barra de hierro, una botella, una bombilla encendida y tijeras, desgarrándosela y provocándole heridas muy graves. Otras putadas varias eran dejarla dormir en un balcón en pleno invierno durante horas, obligarle a beber su propia orina y a comer cucarachas vivas cuando pedía comida (y por supuesto se la negaban), castigarla cuando perdía el control de los esfínteres, arrancarle un pezón con unos alicates, colgarla del techo y usarla de saco de boxeo, clavarle muchas, muchísimas agujas, y obligarla a masturbarse delante de un montón de gente mientras bebían cerveza antes de violarla numerosas veces (hasta 12 en un mismo día). No es una sorpresa que hubiera más gente que sabía las condiciones de esta chica: casi 100 personas tenían noticia, y nadie hizo nada por remediarlo, bien por miedo o porque ellos mismos se aprovechaban de Junko.

Las torturas y los castigos se fueron sucediendo hasta tal punto que, en palabras de los culpables, ir al baño le llevaba más de una hora, de tan desnutrida y herida que estaba, y era incapaz de orinar por sí misma. El 4 de enero de 1989 le propusieron jugar una partida de mah-johng. Ganó. El premio por ganar fue una enorme paliza, quemarle un ojo con cera de una vela, echar combustible de encendedores en sus extremidades, cara y estómago, y prenderle fuego. Y mientras ardía, ellos bebían cerveza y le decían que no exagerase. Como si fuese tan sencillo, vamos.

Murió por shock, y al darse cuenta de que estaba muerta, metieron su cadáver en un barril de cemento y lo dejaron en un solar de Koto, Tokio. Al día siguiente se descubrió qué había pasado…y se montó un auténtico escándalo. La familia nunca se pudo reponer (y no es de extrañar). Obtuvieron 50 millones de yenes como compensación, y gracias a la lucha que tuvieron por la condena de los criminales, al final todos pasaron un tiempo en cárceles de menores. No se les pudo acusar de asesinato, y tampoco de violación, ya que se encontró semen de más de 100 personas en su cuepo, fruto de las múltiples violaciones que había sufrido. Y al ser menores de edad (la mayoría de edad en Japón son 20 años), no se les pudo condenar a cadena perpetua ni a la pena de muerte. Una perla de caso.

Por mucho que lo cuente así tal cual, cuando tuve noticia de todo esto me dieron ganas de vomitar. De vomitar, llorar y al mismo tiempo coger a cada hijo de puta responsable de esto y hacerle las peores torturas posibles. Uno por uno. Porque a una criatura así JAMÁS se le pueden hacer esas cosas. Si hay algo que me produce el mayor asco del mundo es el maltrato a una mujer. Y esto no es maltrato, es peor. Encima a una niña que no había hecho nada. Y no es que quiera defender en concreto este caso (en España tenemos el famoso caso de las niñas de Alcásser, el de Mariluz, el de Marta del Castillo (que además comenté yo en este blog) y el de muchas más niñas que sufrieron antes de ser asesinadas), pero es que tantísima brutalidad cometida en una única persona y además con tanta indiferencia y crueldad es para que uno plante en el cielo un ¡HIJOS DE LA GRAN PUTA!, y luego se vaya directo a sus casas a demostrarles que las torturas también sirven para los criminales. Porque todos ellos están libres. Miyano ahora se llama Yokoyama, y Jô Ogura es Jô Kamisaku, que además pasó otra temporada en prisión por asalto a un conocido.

La justicia no siempre es justa como tal, pero en este caso fue más injusta que nunca. Suerte es que todavía hay gente que tiene conciencia y corazón y saben que una cosa así no es para tomarla a la ligera. El grupo japonés The Gazzette le dedicó una canción a Junko llamada Taion(体温), “temperatura corporal” en español, y antes de tocarla en cada concierto se guarda un minuto de silencio por esta chica. Se han hecho dos películas, una de ellas Concrete y por la cual me enteré de este suceso, y un manga bastante cruento y no apto para gente sensible, porque es explícito a más no poder, y por desgracia refleja demasiado bien la cantidad de torturas que tuvo que sufrir Junko Furuta.

Es cierto que el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, pero en este caso se puede decir que se tocó fondo. Es IMPOSIBLE caer tan bajo. Esto es sencillamente inhumano, hacerle a una persona estas cosas, y más aún a una cría de 17 años. Por mucho que en breve vaya a subir un relato en el que pasan hechos parecidos pero el final es distinto, nunca se me va a ir de la cabeza. Y muy a mi pesar de que esto pasase hace años, que ojalá Junko descanse en paz allá donde esté. Nadie se merece esto. O sí. Los que lo hicieron. Y multiplicado por 10.

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2 comentarios

  1. que malditos eso que le hicieron pasar esto a la chica esto no tiene nombre


    • Qué razón llevas. Lo peor es que eso no fue todo. Busca en Wikipedia y encontrarás más información. Como para vomitar.

      Un saludo.



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