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Misa de Cristo

18 diciembre 2010

Cuando me pongo a echarle palas de mierda a la Navidad puedo ser un poco cabrón. A veces no llevo razón, pero otras sí. Y es algo que me suele ocurrir a menudo. Aunque el año pasado escribiese una breve entrada sobre esto, creo que se merece una pequeña revisión. O un recuerdo.

Ha llegado un momento en el que esta época me la barniza, prácticamente por completo. Y más en épocas en las que el dinero escasea. Es como si fuera cualquier época del año, con la diferencia de que en la calle se te cae la vela, el grajo vuela bajo y te duele la cabeza. Por el frío y por lo que no es frío. Y otras veces lo que duelen son los ojos cuando se ve lo que hay.

Reconozco que soy algo egoísta, y que seguramente alguien me tilde de tener una doble moral, ser un falso y otro de los que se sube al carro de la feliz falsedad y demás memeces. Pero me da igual. Sigo pensando, y lo seguiré haciendo, que la Navidad es un sacacuartos a lo bruto. Ve a misa. Ponte a bien con Dios. Compra un huevo de comida para la cena de Navidad, algo que probablemente ni te puedas comer entero. Polvorones, mantecados, turrones y dulces varios a lo bestia. Come como un cochino. Haz regalos caros, aunque tengas que hacer malabares para que la cuesta de enero no tenga una pendiente del 80% y te pegues el ostión de tu vida. Demuestra que quieres a tu gente porque les das cosas de las que poder fardar.

Pero sobre todo, olvídate de qué es la Navidad en sí. Ni una Christmaesse anglosajona, ni una misa de Cristo ni pollas en vinagre. Es Jesucristo impreso en los billetes del euro, el dólar, la libra esterlina y los Fukuzawas de 10000 yenes. A ver si te vas enterando. No todas las familias se juntan en una mesa con una cantidad de comida que no puede abarcar, charlando de esto y lo otro a ritmo de villancicos hijos de puta que te taladran los oídos. No todas se quieren. Incluso en estas fechas, que se suponen de buenas intenciones y esperanza, el dinero es lo que sigue premiando. Y el mismo puto sentimiento de ansias por tener mucho dinero y ser alguien importante. El sentimiento de ser cateto, imbécil y seguidor incondicional de una costumbre que ha cambiado en base a lo que se demanda, y en la que el amor se mide por la cantidad de billetes gastados en algo, no en un gesto de verdadero aprecio por una persona, la ayuda o el hacer feliz a otra gente.

Menos mal que sigue quedando gente que muestra su cariño, su ayuda y la intención de que esta sociedad de mierda se limpie, aunque sea un poco. Menos mal. Bravo por ellos.

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