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Erizo – 山荒らし

16 junio 2011

Qué puñeteros son los erizos. Esos bichos que aparecen de la nada el día menos pensado resultan verdaderamente incómodos y hacen daño. El dia que te pincha uno te cagas en su familia, en sus muertos y en toda la corte celestial, bien porque le tocaste por curiosidad o porque le pisaste sin darte cuenta. La gracia del uy, se me fue el pie queda en segundo plano porque te hizo la pascua bien hecha. Lo único que sabes decir después de eso es que vaya con el hijoputa ése, que no veas cómo duele y que ojalá no tenga que ver nunca más en la vida a un bicho así. Sin embargo, bien que te hizo gracia cuando estabas con tus amiguitos, cogías a uno pequeñito, con sus púas iguales, y no pinchaba, sino que hacía gracia. Qué bonico. Como el del anuncio de los cojones.

El problema es que eres idiota (o idioto). El erizo no se da cuenta de la situación. Está ahí, lo pisa cualquiera que tampoco lo vea, y ya tenemos tema hasta para chismorrearlo a las amistades como si se hubiese descubierto la imprenta o la cura contra el cáncer. Oye, que los erizos pinchan y hacen pupa. No me jodas. Yo pensaba que bailaban flamenco. Pero el hecho de que estén ahí no significa que haya que condenarlos al ostracismo. Es muy sencillo para ti: si duele no me gusta, pero aguanto el dolor hasta que pase y entre medias le doy por saco a la gente con el bicho de marras. Y para más inri, ni te das cuenta de que debajo de esa fortaleza de púas afiladas y amenazantes se esconde un ser vivo. Tú sólo te preocupas de que las agujas son muy penetrantes, y de que dejan huella. Te importa un carajo que puedas aplastarlo. Es más, si lo haces, mejor. Ese hijo de perkins no se merecía vivir. Hacía daño a la gente. Ni él ni ninguno de su especie. Si no existieran, disfrutarías. Tanto mejor. No habría dolor.

Pero la vida es perra y da lecciones. Y tarde o temprano, en tu vida entrarán más erizos tocándote las santas partes. Y entonces tendrás dos opciones: huir de ellos y quejarte entre medias porque tu intención era aplastarlos, o bien aceptar que son seres vivos, sienten como tú, y aprender a respetarlos y convivir con ellos, con sus vicios y virtudes. Llegado un punto a lo mejor hasta te gustarían, porque tienen su encanto. Pero mucho me temo que seguirás en tu línea de coger la primera opción, porque eso de reconocer y aceptar no va contigo, cobarde. Cuánto me gustaría que un día de estos uno de esos puercoespines se te metiera por el culo, para que aprendieses de una vez por todas. Imbécil. Estoy completamente seguro de que el animal pensaría que mejor ser un extraño que no uno más del rebaño (David Gilaberte dixit), porque ser como tú no merece la pena. Y yo le daría toda la razón del mundo. Soplapollas en este mundo hay muchos como para engrosar las filas con otro más.

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